Rosa Díez, en sentido peyorativo

Rosa Díez, en sentido peyorativo

La Diputada española Sra. Doña Rosa Díez González (UPyD), telefonista de profesión, vino a Coruña invitada por el Club Financiero para hablar de los Presupuestos Generales del Estado, tal vez, en su calidad de experta en finanzas públicas. Como buen político profesional, habló un poco de todo y poco de lo que se suponía que nos iba a hablar. Entre otras cosas, también dedicó unas palabras al presidente de la Junta de Galicia, Sr. Alberto Núñez Feijóo del que afirmó, con la toda la naturalidad del mundo, que “no se puede ser cobarde, hay que hacer lo que se prometió. Sin embargo, Feijóo está ahí, en el medio. Para mí está siendo demasiado gallego, en el sentido peyorativo del término. Comentario que logró levantar algunas risas y aplausos en el auditorio.

No ha habido, que se sepa, hasta ahora, ninguna reacción oficial del Gobierno de la Junta de Galicia ni de su presidente ante estas curiosas declaraciones. Todo lo más, algún artículo de opinión en la prensa escrita, entre los que destacaremos el humorístico de Anxel Vence en Faro de Vigo y el poético de Manuel Rivas en El País, y una oleada de indignación entre los internautas.

Nosotros, por nuestra parte, queremos felicitar y agradecer, en castellano, contra lo que es costumbre en este humilde blog, a la señora Díez por estas reveladoras declaraciones.

Reveladoras por partida doble. Por una parte, reveladoras de una concepción, tal vez inconsciente pero profundamente arraigada, supremacista, xenófoba y hasta nos atreveríamos a decir que racista contra el pueblo gallego. Concepción ésta que empapa toda la cultura española de arriba abajo y de abajo arriba hasta llegar al diccionario de la Real Academia Española, que se niega a eliminar completamente las definciones oprobiosas del término “gallego”.

Por otra parte, y mucho más significativos en nuestra opinión, son los silencios gubernamental y mediático (¿dónde queda aquello del “Yo protesto”?) y los aplausos y las risotadas del público.

Imaginemos por ejemplo que viniese a Madrid, invitado para dar una conferencia, un diputado electo de la República Francesa y, como quien no quiere la cosa, nos espetase aquello de que “Zapatero para mí está siendo demasiado español, en el sentido peyorativo del término” (que también lo tiene). Creemos que a nadie le cabe la menor duda de que la crisis diplomática estaría asegurada y que sólo podría zanjarse con una intervención pública convincente del presidente de la República Francesa. Hasta los más críticos con la gestión de Zapatero, como aquellos que lo denigran a diario en tertulias radiofónicas, por ejemplo, pondrían el grito en el cielo para defender la honra los españoles, de España y de su presidente.

En Galicia nada de eso ha ocurrido. Risas, aplausos y silencio. Cómo somos. ¿Qué estarían pensado, entre carcajada y carcajada, los que aplaudían? ¿Qué ellos no son gallegos? O que son gallegos pero no “en exceso”, como parece ocurrirle a Feijóo. O tal vez que, entre que el palo va y viene, descansa el lomo. Porque, bueno, tal vez nosotros también nos hubiésemos reído. ¿Quién sabe? Los gallegos somos así. Pero después de reírnos a gusto hubiésemos procurado afearle el gesto racista a Díez. Nadie lo hizo.

Y ante tales inhibiciones no podemos evitar que nos venga a la cabeza el famoso Portrait du colonisé, précédé du portrait du colonisateur (Buchet/Chastel, 1957), del escritor franco-tunecino Albert Memmi. Sí, porque el ilustre auditorio del Club Financiero estaba cometiendo, sin darse cuenta, el mismo pecado que Díez acababa de achacar a Feijóo y que no es otro que el de ser demasiado gallegos.

De donde se deduce que Díez, en realidad, tiene razón. Pero, ¿en qué consiste esa galleguidad que nos reprocha Díez? ¿De donde viene? A los que encuentren una respuesta clara a estas preguntas les recomendamos que se lean el opúsculo supracitado y todas sus dudas se aclararán ipso facto. Los más despistados se estarán preguntando aún qué puede saber un escritor tunecino de Galicia. Probablemente poco o nada. Lo que hizo Memmi fue describir el perfil psicológico de los pueblos colonizados y, les ruego encarecidamente que no me crean y que lo comprueben ustedes mismos leyendo la obra de Memmi, de hecho, este perfil corresponde con asombrosa exactitud, no sólo con el concepto de galleguidad insinuado por Díez, si no, además, y muy especialmente, con la actitud del auditorio del Club Financiero y del Gobierno de la Junta de Galicia.

En efecto, en fases avanzadas de colonialismo, nos explica Memmi, el colonizado asume plenamente, de manera inconsciente, los valores del colonizador, se ve a sí mismo a través de los ojos del colonizador. El colonizado asume, pues, su propia inferioridad intrínseca, su indignidad. Este auto-odio es profundamente antinatural, pues perjudicaría evolutivamente a quién lo padeciese y, por lo tanto, sólo puede ser explicado como una patología profunda, un grave trauma, que nace de prolongados periodos de opresión, dependencia y sometimiento.

Las declaraciones de Díez y la reacción de la audiencia nos explican, pues, con fotográfica precisión y enorme elocuencia, de dónde venimos, quiénes somos y cuáles son las relaciones estructurales entre Galicia y España.

Una vez más, gracias.

Para terminar, le pediríamos a la señora Díez que reflexione sobre todo esto la próxima vez que, con la sana intención de atacar al PNV, se disponga a criticar alegremente la figura de su fundador Sabino Arana. Por lo menos Arana era plenamente consciente de su ideología racista y supremacista y la explicitaba abiertamente (era la moda intelectual de la época). Además, no es descabellado imaginar que Arana tendría el suficiente pudor, educación e inteligencia política para no insultar a una audiencia que lo hubiese invitado, con gastos pagados, a venir a arengarnos con su propaganda política. Díez, por su parte, ha demostrado, además de racista, ser maleducada y desagradecida, por lo que suponemos que no tiene la más mínima intención de pedir disculpas (y, por supuesto, lo sabemos, ningún galleguiño colonizado se lo va a exigir).